Anexo — Etiquetas
Si te pregunto quién sos es muy probable que de forma inmediata, luego de decir tu nombre, comiences a ampliar con etiquetas que vos pensás que te describen: ingeniero, carpintero, madre, padre, cristiano, judío, gordo, flaco, peronista, liberal, y así seguirías describiendo tus características. El problema no está en esas etiquetas, son perfectamente normales. El problema surge cuando te identificás con ellas y las asociás a tu “yo”.
Es muy fácil hacerlo, es terriblemente frecuente que vos, yo y todos hagamos eso. Es importante, porque comenzamos a definir así nuestro ser, nuestra identidad y nuestra razón de existir.
Y pasamos toda la vida identificándonos con etiquetas. Reaccionando a las nuestras y a las de los demás. Nos vemos a nosotros mismos y vemos a los otros a través de un vidrio en el que hemos dibujado con marcador su imagen, hecha de etiquetas. Y ya no vemos a la otra persona, el dibujo que hicimos de ella en el vidrio nos impide verla. Y el otro cambia y nosotros seguimos viendo lo mismo.
Y te dicen que cambiaron y no los ves de verdad, seguís viendo los rótulos viejos, la imagen antigua.
“¡Juan, cómo has cambiado! Eras tan alto y te has vuelto tan bajo. Tenías tan buena constitución y te has vuelto tan delgado. Eras tan agradable, te has vuelto oscuro. ¿Qué te pasó, Juan?” El tipo dice: “No soy Juan. Soy Pedro”. “¡También has cambiado tu nombre!”.
Y vos intentás cambiar y como te seguís viendo a través del mismo vidrio en el que dibujaste esas etiquetas con marcador te resulta dificilísimo. Tenés que vencer una inercia enorme porque el marcador que utilizaste es de tinta indeleble.
El secreto es llegar al “yo”
Te pregunto: cuando cambiás de religión y abandonás el cristianismo para unirte al judaísmo, ¿cambia tu “yo”? Si en las próximas elecciones en lugar de votar izquierda decidís votar centro, ¿cambia tu “yo”? Si bajaste mucho de peso —como lo hice yo recientemente—, adivinaste, tu “yo” no cambió tampoco.
Cuando descubrís que tu “yo” no es ninguna de esas etiquetas todo se hace más fácil.
La pregunta que surge naturalmente es: ¿Quién es “yo”? ¿Qué es “yo”? Pero es una pregunta que no se responde buscando, sino despejando. Tenés que despejar la maraña de etiquetas. Tenés que reconocerlas una por una y permitir que se desvanezcan, saber que no son la realidad, que pudieron haberla representado temporalmente, quizás solo eso. Y creeme, se desvanecen.
“No busques la verdad; solo abandona tus opiniones”
— Filosofía zen
Cuando te aferrás a tus etiquetas es cuando sufrís. “Soy esto, soy aquello” es una frase tan común. Y naturalmente, cuando te identificás con eso que sos tenés miedo de perderlo o te aterra su realidad, los dos extremos a la vez.
“¿Quieres una señal de que estás dormido? Aquí está: estás sufriendo. Estás dormido. El sufrimiento es una señal de que estás desconectado de la verdad.”
— Anthony de Mello (Conferencia de Fordham, 1986)
De nuevo, la autoobservación, tal cual te la describí en el anexo precedente, es el camino para despejar las etiquetas. Para no solo limpiar el vidrio sino directamente quitarlo de en medio.
“Es como si tomas pintura negra y la lanzas al aire, y sigues lanzando pintura negra al aire. El aire no se contamina. No coloreas el aire de negro. Y no importa lo que te suceda, permanecerás incontaminado. Quedas en paz.”
— Anthony de Mello (Conferencia de Fordham, 1986)
Práctica. Comenzar la tarea y practicar. Ese es todo el secreto.