La ley de la compensación
Cuando tenía veinte años leí por primera vez el ensayo sobre la compensación de Ralph Waldo Emerson. El concepto que transmite es atemporal, ha sido expresado de mil formas diferentes a lo largo de toda la historia de la humanidad. Le llaman también la ley de la atracción, un nombre que encontrarás muy repetido hoy en día en todos lados. El texto de Emerson es tan poderoso que hizo huella en mí y lo recuerdo permanentemente. Puedo confirmar que al seguir su recomendación he vivido una vida muy positiva, yo digo que es afortunada, digo que soy un tipo con suerte. Pero adentro mío, en mi corazón y en mi mente, le estoy agradecido al autor que leí por primera vez.
El texto es extenso y algo denso, pero así completo es como lo leí originalmente. No hace falta leerlo todo de una vez. Podés leerlo entero, o abrirlo al azar y dejar que un párrafo te sorprenda. Emerson no escribe para que lo absorbas todo en una sentada. Escribe para que algo te resuene. Y algo te va a resonar.
Te lo comparto en una versión que traduje y adapté yo mismo.
Compensación
Desde mi adolescencia he anhelado escribir sobre la compensación, pues siendo aún muy joven, me parecía que en este asunto la vida adelantaba a la teología, y el conocimiento popular superaba las enseñanzas de los predicadores. Los documentos de los que se podía extraer esta doctrina atrajeron mi imaginación con su infinita variedad y siempre se impusieron en mi mente, incluso en sueños: pues son las herramientas que manejamos, el pan que comemos, las transacciones que realizamos en la plaza pública, la tierra que alquilamos, la casa en la que vivimos, los saludos, las relaciones, las deudas y el crédito; es decir, se componen del carácter, la naturaleza y las cualidades de cada persona.
También me parecía que, de esta manera, se podía mostrar a los hombres un rayo de divinidad: la acción omnipresente del alma en esta vida, sin la ayuda de ningún vestigio de tradición. Y que sus corazones podrían inundarse de un amor eterno, hablándoles de lo que saben que siempre fue, de cosas que siempre deben ser, porque realmente son ahora. También creía que, si lograba expresar esta doctrina en términos que se asemejaran a las luminosas intuiciones que suelen revelar la verdad en cuestión, podría convertirla en la estrella que nos impediría extraviarnos, en las horas oscuras, por los sinuosos senderos de nuestro camino.
Finalmente, un sermón que escuché en la iglesia confirmó mi deseo. El predicador, un hombre estimado por su ortodoxia, desarrolló, como de costumbre, la doctrina del Juicio Final. Afirmó que el juicio no se ejerce en este mundo, que los malvados triunfan, que los buenos son infelices; y concluyó, según la razón y las Escrituras, que era necesaria una compensación en el más allá. No noté que los presentes se asustaran en lo más mínimo ante tal doctrina. Al final de la ceremonia, observé que se separaron, sin comentar el sermón.
Y sin embargo, ¿qué significaba esta enseñanza? ¿Qué quería decir el predicador cuando afirmó que los buenos son infelices en esta vida? ¿Quería decir que las casas, las tierras, el vino, los caballos, los trajes y el lujo pertenecen a hombres sin principios, mientras que los santos son pobres y despreciados, y que en el más allá habrá una compensación para estos últimos, que entonces disfrutarán de iguales satisfacciones, poseyendo billetes y doblones, cazando y bebiendo champaña? Esta debe ser la compensación prometida, porque si no, ¿cuál otra? ¿Se les permitirá orar y alabar al Señor, amar y servir a los hombres? Pueden hacerlo ahora. La deducción lógica que un discípulo podría extraer de esta doctrina es la siguiente: «Disfrutaremos de los mismos buenos momentos que los pecadores disfrutan ahora», o, para llevar el argumento al extremo: «Ustedes pecan ahora; nosotros pecaremos más tarde. Pecaríamos ahora si pudiéramos, pero como la suerte no nos acompaña, esperamos hasta mañana para desquitarnos».
El sofisma reside en la inmensa concesión de que los malvados prosperan y que la justicia no se cumple en esta vida. La ceguera del predicador consistió en adoptar, para definir la felicidad, la noción vulgar que está en boca de todos, en lugar de mostrar a la gente la verdad y convencerla de ella, anunciando la presencia del alma, la omnipotencia de la voluntad, y sentando así las bases para el conocimiento del bien y del mal, de lo verdadero y lo falso. Encuentro en las obras religiosas populares de hoy el mismo criterio vulgar que en las ideas expresadas por muchos escritores cuando abordan incidentalmente este mismo tema.
Creo que nuestra teología popular ha ganado en decoro, pero no en principios, con respecto a las supersticiones que ha reemplazado. Pero los hombres valen más que tal teología. Su vida cotidiana la desmiente. Toda alma sincera y anhelante adelanta a la doctrina a lo largo de su vida, y todos experimentamos a menudo muchas falsedades que no podemos probar. Los hombres son más sabios de lo que creen. Lo que oyen decir en la universidad o en el aula, sin siquiera pensar en examinarlo, se discutiría en la conversación, al menos entre ellos. Si, en una sociedad compuesta por elementos algo heterogéneos, alguien dogmatiza sobre la Providencia o sus leyes, el silencio con el que se le responde demuestra claramente al observador la disidencia del público, así como su incapacidad para explicar esas ideas.
En este capítulo y en el siguiente, me propongo recopilar algunos datos que apuntan al camino de la ley de compensación, y me alegraría poder trazar un pequeño arco de este círculo.
Encontramos polaridad, o acción y reacción, en todas las partículas de la naturaleza: en la oscuridad y la luz, en el frío y el calor, en el flujo y reflujo del agua, en lo masculino y lo femenino, en la inspiración y la espiración de plantas y animales, en la ecuación de la cantidad y la calidad de los fluidos del cuerpo animal, en la sístole y la diástole del corazón, en las ondulaciones de los fluidos y del sonido, en las fuerzas centrípetas y centrífugas, en la electricidad, el galvanismo y la afinidad química. Si magnetizas positivamente un extremo de una aguja, el otro extremo estará magnetizado negativamente. Si el Sur atrae, el Norte repele. Para vaciar aquí, es necesario acumular allá. Un dualismo inevitable divide la Naturaleza en dos partes iguales, de modo que cada cosa es solo la mitad e implica algo más que la integra, como se ve en el espíritu y la materia, el hombre y la mujer, lo par y lo impar, lo subjetivo y lo objetivo, lo interno y lo externo, lo superior y lo inferior, el movimiento y el reposo, la Afirmación y la Negación.
Si bien el mundo es una dualidad, también lo es cada una de sus partes. El sistema completo está representado en cada partícula. Hay algo similar al flujo y reflujo del mar, al día y la noche, al hombre y la mujer, a una ramita de pino, a un grano de trigo, a cada individuo de cualquier especie sensible. La reacción, tan grande en los elementos, se repite dentro de estos estrechos límites. Por ejemplo, los fisiólogos han observado que no existen criaturas favorecidas en el reino animal, sino que una cierta compensación siempre equilibra cualidades y defectos. Un exceso en un lado se compensa con una pérdida en el otro. Si la cabeza o el cuello se alargan, el tronco y las extremidades se acortan.
La teoría de las fuerzas mecánicas es otro ejemplo de esto. Lo que se gana en fuerza se pierde con el tiempo, y viceversa. Los errores periódicos y compensatorios de los planetas son, además, otro ejemplo. La influencia del suelo y el clima en la historia política nos ofrece otro. Un clima frío fortifica. Un suelo árido no cría fiebres, cocodrilos, tigres ni escorpiones.
El mismo dualismo existe en la Naturaleza y en la condición humana. Todo excedente causa un defecto; todo defecto, un exceso. Toda dulzura tiene su amargura; todo mal, su bien; a cada facultad que nos da placer se le atribuye una pena inherente por el abuso que se hace de ella. Su moderación explica su existencia; por cada pizca de genio, hay una pizca de locura. Por todo lo que se pierde, algo se encuentra, y por todo lo que se gana, algo también se pierde. Si las riquezas aumentan, también aumenta el número de quienes las usan. Si alguien acumula demasiado, la Naturaleza recupera lo que el hombre ha guardado en su arca. La fortuna crece como la espuma, pero mata a su dueño. La Naturaleza aborrece los monopolios y las excepciones. Las olas del mar no buscan su nivel en medio de su mayor agitación, así como las diversas condiciones humanas no tienden a igualarse. Siempre hay una circunstancia niveladora, que devuelve a la realidad a los orgullosos, los afortunados, los altivos y los ricos, y los coloca en el mismo plano que todos los demás. Hay un hombre demasiado hosco y adusto para integrarse en la sociedad; un mal ciudadano por temperamento y posición; un patán con tintes de misántropo. La Naturaleza le envía una multitud de niños y niñas a quienes la maestra de jardín de infantes local enseña a caminar, y por amor a ellos, y miedo a desagradarles, su expresión brusca y ceñuda se transforma en cortesía. Así, la Naturaleza sabe cómo ablandar el granito y el feldespato, expulsa al jabalí y lo reemplaza por cordero, y mantiene el equilibrio en el buen camino.
El campesino imagina que el poder y la dignidad son cosas hermosas y envidiables; pero el presidente, sin embargo, paga caro su Casa Blanca. Suele costarle la tranquilidad y lo mejor de sus atributos masculinos. Para aparecer brevemente ante los ojos de la multitud en un lugar tan ostentoso, debe resignarse a besar el suelo ante los verdaderos señores que se encuentran tras su alto trono. ¿Desean los hombres la grandeza más real y duradera del genio? No encontrarán inmunidad en ella. Quien, por la fuerza de su mente o su voluntad, se hace grande y domina a miles de hombres, carga con la responsabilidad de su posición preeminente. Cada nueva luz representa un nuevo peligro. ¿Posee la verdad? Debe dar testimonio de ella y agotar esa compasión que le da tan vívida satisfacción, para ser fiel a las nuevas revelaciones del alma inquieta. Debe odiar a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos. ¿Posee todo lo que el mundo admira, adivina y envidia? Debe rechazar esa admiración y desconcertar a la gente con su fidelidad a la virtud; debe convertirse en el hazmerreír de todos, en objeto de desprecio general.
Esta ley dicta los códigos de las ciudades y las naciones. Es vano combinar, construir o conspirar contra ella. Las cosas no se prestan a ser mal dirigidas por mucho tiempo: Res nolunt diu male administrari. Aunque no se vea ningún freno para prevenir un nuevo peligro, la represión existe, y eventualmente se verá. Si el gobierno es cruel, la existencia del gobernante no es segura. Si se imponen impuestos muy altos, los ingresos producirán menos en otros ámbitos. Si se promulgan leyes penales sanguinarias, los jurados no condenarán. Si la ley es demasiado indulgente, provocará venganza privada. Si se instaura el terror como sistema, la presión se ve resistida por un aumento de energía entre los ciudadanos, y la vida brillará con más intensidad. Parece que la verdadera vida y la felicidad del hombre excluyen los extremos de felicidad o miseria, y son susceptibles de establecerse con la mayor indiferencia en las circunstancias más diversas. En cualquier forma de gobierno, la influencia del carácter es la misma: es casi la misma en Turquía que en Nueva Inglaterra. La historia se ve obligada a confesar que el hombre debió ser, en la época de los antiguos déspotas de Egipto, tan libre como su conocimiento le permitía.
Estas apariencias atestiguan que el Universo está representado en cada una de sus partes. Todo en la naturaleza contiene todas sus energías. Todo está constituido de una materia única y desconocida. Así, el naturalista ve un único tipo a través de todas las metamorfosis y contempla, en el caballo, al hombre que corre; en el pez, al hombre que nada; en el pájaro, al hombre que vuela; en el árbol, al hombre con raíces. Cada nueva forma reproduce no solo la característica principal del tipo, sino, uno a uno, todos los detalles, tendencias, progreso, obstáculos, energías y el sistema completo de otros seres. Cada ocupación, oficio, arte, negocio, es un compendio del mundo, y todos son correlativos entre sí. Cada individuo es un emblema completo de la vida humana: de sus bienes y males, sus pruebas, sus enemigos, su trayectoria, su fin. Todo debe, de alguna manera, representar al hombre en su totalidad y reproducir su destino íntegro.
El mundo se condensa en una gota de rocío. El microscopio no puede encontrar seres cuya pequeñez sea causa de imperfección. Ojos, oídos, gusto, olfato, movimiento, resistencia, apetito y órganos reproductivos, que lo conectan con la eternidad, todos ellos encuentran un lugar para existir en seres diminutos. Así, ponemos nuestra vida en cada uno de nuestros actos. La verdadera doctrina de la omnipresencia consiste en esto: que Dios reaparece con todos sus atributos en cada musgo, en cada telaraña. El Universo encuentra la manera de mostrar todo su valor en cada punto. Allí, tanto el mal como el bien existen; si hay afinidad, también coexiste la repulsión; donde hay fuerza, hay límite o determinación.
Así, el Universo está vivo. Todas las cosas son morales. El alma, que es un sentimiento interior, es una ley exterior. Adivinamos su inspiración; más allá, en la historia, vemos su fuerza fatal. «Está en el mundo, y el mundo fue creado para ello». La justicia no tolera postergaciones. La equidad perfecta mantiene todos los aspectos de la vida en equilibrio. «Los dados de Dios siempre están cargados». El mundo es como una tabla de multiplicar, o una ecuación matemática, que, transformada a voluntad, siempre resulta en una igualdad. Tomemos cualquier número: su valor exacto, ni más ni menos, se repetirá constantemente. Todo secreto se divulga, todo crimen se castiga, toda virtud recibe su recompensa, todo mal se repara silenciosa pero inevitablemente. Lo que llamamos retribución no es otra cosa que la necesidad universal que obliga al todo a aparecer donde se revela una parte. Si ves humo, hay fuego; si ves un miembro, una mano, sabes que el cuerpo al que pertenece está detrás.
Cada acto tiene su recompensa en sí mismo, o mejor dicho, se integra de dos maneras: primero, en la cosa misma, en la naturaleza real; segundo, en la circunstancia o naturaleza aparente. Los hombres llaman a esta circunstancia retribución. La retribución en las circunstancias se comprende mediante la inteligencia; es inseparable del objeto; pero a menudo se extiende por un largo período de tiempo y, por lo tanto, no se hace perceptible hasta que transcurren muchos años. Los signos característicos de un latigazo pueden tardar en aparecer, pero lo siguen, porque lo acompañan. El crimen y el castigo se desarrollan en el mismo tallo. El castigo es el fruto insospechado del crimen, que madura, oculto, en la flor del placer. No se puede separar la causa del efecto, los medios del fin, la semilla del fruto; porque el efecto germina en la causa, el fin preexiste en los medios, el fruto está contenido en la semilla.
Mientras el mundo se fortalece en su integridad y se niega a ser dividido, intentamos actuar parcialmente, cortar, acomodar. Así, por ejemplo, para complacer los sentidos, separamos el placer de los sentidos de las necesidades del carácter. El hombre siempre ha aplicado su ingenio a la solución de este problema: ¿cómo podemos aislar la dulzura, la fuerza y la belleza de lo sensible, de la dulzura, la fuerza y la belleza de lo moral? Esto equivale, repetimos, a intentar eliminar una capa muy fina de la superficie exterior de las cosas, privándolas de su base; aferrarse a un extremo sin aferrarse al otro. El alma dice: «Come»; el cuerpo se deleitará. El alma dice: «El hombre y la mujer serán una sola carne y una sola alma»; el cuerpo se unirá solo a la carne. El alma dice: «Domina todas las cosas para los fines de la virtud»; el cuerpo tendrá el poder sobre las cosas para sus propios fines.
El alma se esfuerza por vivir y actuar a través de todas las cosas. Quisiera ser el único hecho. Todo lo demás —poder, placer, conocimiento, belleza— le sería dado como un extra. El individuo simple aspira a ser algo, a elevarse, a comer y negociar por su propio bien, a montar a caballo por el simple hecho de montar a caballo, a vestir bien por el simple hecho de vestir, a comer por el simple hecho de comer, y a gobernar por el simple hecho de ostentar. Los hombres fingen ser grandes; buscan el cargo, el poder, la posesión de riquezas, la gloria. Se imaginan que ser grande es adueñarse de la naturaleza por un lado —lo bueno— mientras que ignoran el otro —lo doloroso.
Tal separación y corte se ve contrarrestada por los hechos. Hasta el día de hoy, hay que admitirlo, ningún planificador ha logrado el más mínimo éxito. Las aguas separadas se reúnen bajo nuestra mano. Así que nos proponemos separarlas de un todo: ya no hay placer en las cosas placenteras. No hay beneficio en las cosas rentables, no hay poder en las cosas fuertes. Así como no podemos dividir las cosas en dos ni tener la única recreación sensual de una cosa, tampoco podemos tener el interior o la luz sin sombra. «Desecha lo natural, y volverá al galope».
La vida implica condiciones inevitables que los imprudentes intentan evadir, y que uno y otro se jactan de desdeñar, alegando que no les interesan. Pero tal afirmación solo está en sus labios; las condiciones, las conozcan o no, están en su alma. Si escapan de ellas por un lado, sufren su ataque por otro, con más fuerza. Si escapan de ellas en la forma, en la apariencia, es porque se han resistido a la vida, porque han huido de sí mismos, y la recompensa fue esa muerte parcial. Tan evidente es el fracaso de todos los intentos por lograr esta separación del bien y sus cargas, que tales experimentos no se intentarían —pues intentarlos sería una locura— si no fuera por la circunstancia de que, al invadir la enfermedad de la rebelión y la separación a la voluntad, se infecta simultáneamente el intelecto, de modo que este deja de contemplar a Dios en cada objeto; es capaz de percibir la reducción de una cosa y no advertir el peligro sensual; ve el busto de la sirena y no la cola del dragón; y cree poder cortar a voluntad lo que ama y dejar lo que no desea. “¡Cuán misterioso eres, oh Tú que estás en los cielos más altos en silencio, oh gran y único Dios, que con incansable Providencia, como castigo, derramas ceguera sobre quienes tienen apetitos desordenados!”
El alma humana reconoce estos hechos en las narraciones de fábulas e historia, en la ley, los proverbios y la conversación. De repente, su voz resuena en la literatura. Así, los griegos llamaban a Júpiter el Espíritu Supremo; pero, habiéndole atribuido la tradición diversas acciones viles, los humanos recobraron la cordura involuntariamente, atando las manos de tan perverso dios. Así, hoy, lo han puesto en un estado de calma, como a cualquier soberano europeo. Prometeo conoce un secreto que Júpiter debe comprar; Minerva los guarda bajo llave. «De todos los dioses, solo yo conozco las llaves que abren las sólidas puertas de las bóvedas donde duerme su relámpago». Una clara confesión de la presencia y la penetración universal del Todo y de su propósito moral.
La mitología india llega a la misma conclusión ética; y parece imposible que se haya inventado y circulado una fábula que no sea moral. Aurora olvidó pedir juventud para su amante, y, aunque Titono es inmortal, es viejo. Aquiles no es del todo invulnerable, porque las aguas sagradas no tocaron el talón que Tetis le sujetaba. Sigfrido, en los Nibelungos, no es del todo inmortal, porque una hoja le cayó en la espalda mientras se bañaba en la sangre del dragón, y es vulnerable en ese punto. Y así debe ser. Hay una grieta en todas las cosas que Dios ha creado. Podría decirse que esta circunstancia vengativa, que se desliza repentinamente sin que nos demos cuenta, incluso en la poesía salvaje, donde la fantasía humana ha intentado liberarse de las antiguas leyes y sacudirse su yugo, es lo contrario; es el contragolpe del fusil, que viene a atestiguar la fatalidad de la ley, demostrando que en la naturaleza nada se da, sino que todo se vende.
Esta es la antigua doctrina de Némesis, quien vela por el Universo y no permite que ninguna falta quede impune. Se decía que las Furias estaban encargadas de las obras de la Justicia, y si el sol en el cielo hubiera flaqueado, infligirían el castigo correspondiente. Los poetas contaban que los muros de piedra, las espadas de acero y las correas de cuero ocultaban una compasión por los sentimientos perversos de sus dueños; el cinturón que Áyax le dio a Héctor arrastró al héroe troyano atado a las ruedas del carro de Aquiles, y que Áyax se atravesó con la espada que Héctor le había dado. También decían que cuando los tagios erigieron una estatua de Teágenes, su rival en los Juegos Olímpicos intentó, durante la noche, derribarla, y cuando la estatua cayó de su pedestal, se abatió sobre él y lo aplastó.
Hay algo divino en esta voz de la fábula. Proviene de un pensamiento superior que dominaba la voluntad del escritor. Lo mejor de las obras de cada autor es lo impersonal que hay en ellas: lo que producen inconscientemente; lo que surge de su constitución y no de su propia invención activa; lo que no es fácil de descubrir estudiando a un solo artista, pero que se abstraería en una reunión de artistas como el espíritu de todos. No es a Fidias a quien quisiera conocer, sino a la obra del hombre en ese período temprano del mundo griego. El nombre y las circunstancias personales de Fidias, si bien útiles para la historia, nos obstaculizan cuando volvemos a un examen más profundo. Debemos intentar comprender qué tendía a hacer el hombre de una época determinada y qué le impidió Fidias lograr, o, si se prefiere, cómo tuvo que modificarlo, bajo la influencia e intervención de Fidias, Dante o Shakespeare, los órganos del pensamiento de sus respectivas épocas.
Aún más sorprendente es la expresión de este hecho en los proverbios de todas las naciones, que son siempre la literatura de la razón o la declaración de una verdad absoluta e incuestionable. Los proverbios, como los libros sagrados de cada pueblo, son el santuario de las instituciones. Lo que el mundo perezoso, encadenado a las apariencias, no permite que el realista diga con sus propias palabras, tolera ser contradicho en proverbios. Y esta ley de leyes, que niegan el púlpito, el Senado y la Universidad, se predica a toda hora en todas las plazas, en todos los talleres, mediante una multitud de refranes cuya enseñanza es tan real y universal como las bandadas de pájaros y moscas.
Todas las cosas son dobles; tienen su anverso y reverso. Donde das, recibes; ojo por ojo, diente por diente; sangre por sangre, medida por medida, amor por amor. Da, y se te dará. Se te pagará con la misma moneda. ¿Qué quieres? Dios dice: paga y recibe. El que no se aventura no cruzará el mar. Se te pagará por lo que has hecho, ni más ni menos. El que no trabaja no come. Las maldiciones caen sobre quienes las pronuncian. Si pones una cadena alrededor del cuello de un esclavo, el otro extremo se enrolla alrededor de tu propio cuello. El mal consejo confunde al consejero. El diablo es un asno.
Así está escrito, porque así es la vida. Nuestras acciones son vigiladas y caracterizadas, más allá de nuestra voluntad, por la ley de la naturaleza. Buscamos un fin insignificante, alejado del bien común, pero nuestro acto se adapta, con un magnetismo irresistible, a una línea con los polos del mundo.
Un hombre no puede hablar sin someterse a sí mismo a juicio. Voluntariamente o en contra, pintará su retrato a los ojos de sus compañeros con cada palabra. Cada opinión repercute en quien la emite. Es un ovillo de lana lanzado contra un blanco, pero el otro extremo permanece en la bolsa del lanzador. O, mejor aún, es un arpón lanzado a la ballena, que en su vuelo desenrolla el rollo de cuerda en el navío y, si el arpón falla o no está bien lanzado, acaso arrastre al timonel o hunda el barco.
No se puede hacer el mal sin sufrirlo. «Nadie ha tenido jamás un mínimo de orgullo que no le haya hecho perder», dice Burke. Entre la gente elegante, el exclusivista no se da cuenta de que se excluye del disfrute al intentar monopolizarlo. En religión, quien cierra la puerta del cielo a los demás no ve que se la está cerrando a sí mismo. Trata a los hombres como si fueran peones en un juego de ajedrez o de bolos, y sufrirás tanto como ellos. Si finges ignorar sus corazones, perderás el tuyo. Los sentidos quisieran ver cosas en todos: en las mujeres, en los niños y en los pobres. El proverbio vulgar «Si no lo saco de su cartera, lo sacaré de su piel» es profundamente filosófico.
Todas las violaciones de la equidad y del amor al prójimo en las relaciones sociales pronto reciben su castigo. Este castigo es el miedo. Mientras mis relaciones con los demás sean sencillas, no tengo dificultad en enfrentarme a ellos. Nos encontramos como se encuentran las aguas, o como se funden dos corrientes de aire, con una fusión perfecta e interpretación de la naturaleza. Pero en cuanto uno se aparta de la simplicidad, o intenta a medias, en cuanto lo que es bueno para mí no es bueno para mi vecino, él siente la ofensa, me evita tanto como yo intento evitarlo, sus ojos no buscan los míos, se declara la guerra entre nosotros, él siente odio y yo temo.
La sociedad siempre venga de la misma manera todos los abusos, universales y particulares, toda acumulación injusta de propiedad y poder. El miedo es un maestro astuto y el heraldo de todas las revoluciones. Enseña una cosa: que hay algo corrupto dondequiera que aparezca. Es un cuervo olfateando carroña, y aunque aún no entiendas por qué acecha en tal lugar, ten por seguro que la muerte espera allí. Nuestra propiedad es tímida; nuestras leyes son tímidas, y nuestras clases dirigentes son temerosas. Durante siglos, el miedo se ha alzado sobre el gobierno y la propiedad, profetizando, haciendo muecas, hablando en jerga. No en vano está ahí ese pájaro repugnante. Indica que hay grandes agravios que reparar.
No hay otra naturaleza para ese sentimiento de expectativa, un presagio de cambio que sigue instantáneamente a la suspensión de nuestra actividad voluntaria. El terror al cielo despejado, la esmeralda de Polícrates, el miedo a la felicidad, el instinto que lleva a toda alma generosa a imponerse prácticas de noble ascetismo y virtud humanitaria: todos estos son los vaivenes de la balanza de la justicia en los corazones y las mentes de los hombres.
Las personas experimentadas saben perfectamente que es mejor pagar al contado y que, a veces, un pequeño ahorro cuesta caro. Quien pide prestado, contrae deudas. ¿Qué se gana recibiendo cien favores y no haciendo ninguno? ¿Qué se gana pidiendo prestado, por astucia o por pereza, bienes o caballos al vecino? En ese mismo instante, surge en nuestras mentes la conciencia del favor concedido, por un lado, y de una deuda, por otro; es decir, de superioridad e inferioridad. La transacción permanece en la memoria de ambos, y cada nueva transacción modifica, según su naturaleza, la relación entre uno y otro. Pronto queda claro que hubiera sido mejor romperse la cabeza que subirse al coche del vecino, y que “el precio más alto que se puede pagar por algo es haber intentado tenerlo a cambio de nada”.
El hombre sabio aplicará esta lección a todas las circunstancias de la vida; comprenderá que es prudente no dar la espalda a ninguno de sus acreedores, sino satisfacer toda demanda justa dirigida a su tiempo, sus talentos, su corazón. Pague siempre; tarde o temprano, la deuda total tendrá que ser saldada. Las personas y los acontecimientos pueden interponerse entre usted y la justicia por un tiempo; pero esto es solo un aplazamiento. O será necesario concluir resolviendo la deuda. Si es juicioso, temerá una prosperidad que traerá consigo más obligaciones. El lucro es el fin de la Naturaleza; pero por cada beneficio recibido, se impone una obligación. Quien produce el bien es grande, y cuanto mayor sea la suma de bienes que realiza, mayor será su valor. Y quien recibe favores y no da ninguno es vil, lo más vil de la tierra. En el orden de la Naturaleza, nunca —o rara vez— podemos retribuir con beneficios a quienes nos han dado. Pero es esencial devolver beneficio por beneficio, pulgada por pulgada, peso por peso, centavo por centavo, lo que hemos recibido. Desconfía de cualquier bien sobrante que dejes en tus manos por mucho tiempo. Pronto se pudrirá y criará gusanos. Deshazte de él lo antes posible.
El trabajo se rige por las mismas leyes implacables. El trabajo más barato, dicen los prudentes, es el más caro. Lo que compramos —una escoba, una estera, un carro, un cuchillo— es una aplicación del sentido práctico a una necesidad común. Es mejor pagar este sentido práctico, si se trata de tu jardín, a un jardinero experto; si se trata de navegar, a un buen marinero; si se trata de tu casa, a alguien que sepa cocinar, coser o servir; si se trata de tu negocio, a alguien que sepa contar. De esta manera, multiplicas tu presencia y cuidas todo lo que te pertenece. Pero debido a esta doble constitución de las cosas, el engaño no es posible en el trabajo ni en la vida. El ladrón se roba a sí mismo. El estafador se engaña a sí mismo. Pues el verdadero precio del trabajo consiste en el conocimiento y la virtud que, por así decirlo, son dignos de riqueza y crédito. Estas cosas pueden falsificarse o robarse, como los billetes, pero lo que representan —es decir, el conocimiento, la virtud o la fuerza— no puede falsificarse ni robarse. Tales fines del trabajo solo se alcanzan mediante verdaderos esfuerzos del espíritu y en obediencia a motivos puros. El tramposo, el estafador, el jugador, no puede arrebatar por la fuerza de la naturaleza moral y material el conocimiento que la aplicación y el esfuerzo honestos proporcionan al trabajador. La ley de la naturaleza es: haz lo que te propongas y adquirirás el poder; pero quienes no lo hacen no obtienen el poder que contiene.
El trabajo humano en todas sus formas, desde afilar una estaca hasta construir una ciudad o componer un poema épico, es nada menos que un inmenso ejemplo de la perfecta compensación que reina en el universo. El equilibrio absoluto entre el debe y el haber, la doctrina que establece que todo tiene un precio, y que si este precio no se paga, lo deseado no se obtendrá en ningún otro lugar, ya que es imposible adquirir algo sin pagar su precio, no es menos sublime en el libro de contabilidad de un comerciante que en un presupuesto estatal, en las leyes de la luz y la sombra, en todas las acciones y reacciones de la naturaleza. No me cabe duda de que las leyes supremas, cuya aplicación cada persona puede ver en su trabajo diario, la severa ética que brilla en el filo de su cincel, que se mide con su plomada y su metro, que se destaca con tanta claridad en la nota de un comerciante como en la historia de una nación, no los hacen querer por su trabajo, por humilde que sea, y aunque rara vez se mencionen, no exaltan su profesión en su imaginación.
La unión que existe entre la Naturaleza y la virtud lleva a todas las cosas a mostrar un rostro hostil al vicio. El esplendor de las leyes y la sustancia del Universo persiguen al traidor y lo azotan. Advierte que todo está dispuesto para el bien y la verdad, y que no hay agujero en el ancho mundo que oculte al sinvergüenza. Comete una injusticia, y la tierra parecerá de cristal. Perpetra un crimen, y parecerá como si una capa de nieve, como la que revela las huellas de la perdiz, el zorro, la ardilla o el topo en el bosque, cubriera el suelo. No puedes retractarte de lo dicho, ni borrar la huella de tus pasos, ni quitar la escalera sin dejar alguna prueba o pista. Siempre ocurre alguna circunstancia acusatoria. Las leyes, la sustancia de la Naturaleza —agua, nieve, viento, gravedad— se convierten en jueces y testigos del acto del criminal.
Por otro lado, la ley se cumple con el mismo rigor en las acciones justas. Ama y serás amado. Todo amor es matemáticamente justo, así como existe una igualdad perfecta entre los dos términos de una ecuación algebraica. El hombre bueno posee la bondad absoluta, que, siendo fuego, transforma todo en su propia naturaleza, de modo que ningún daño puede serle infligido. Más bien, así como los ejércitos reales enviados contra Napoleón arriaron sus estandartes para seguirlo y pasaron de ser enemigos a convertirse en amigos, así también los desastres de todo tipo —enfermedades, ofensas, pobreza— se convierten en sus benefactores.
«Los vientos soplan y las olas vuelan por el poder de los valientes, y el poder y la divinidad, en sí mismos, no son nada».
Los buenos se ven favorecidos incluso por la debilidad y los defectos. Así como nadie ha sido dañado, un día u otro, por ningún motivo de orgullo, nadie ha sido dañado por un defecto. El siervo de la fábula admiraba sus astas y se quejaba de sus pies, pero cuando se acercó el cazador, sus piernas lo salvaron, y después, atrapado en la espesura, sus astas lo perdieron. Todo hombre, a lo largo de su vida, debe agradecer sus defectos. Por la misma razón que nadie comprende verdaderamente una verdad hasta que la ha confrontado, nadie comprende plenamente las cualidades o defectos humanos hasta que los ha padecido y los ha visto triunfar sobre su propia incapacidad. ¿Acaso tiene un temperamento que lo incapacita para el trato con la sociedad? Pues bien, se verá obligado a entretenerse solo, a ser independiente, y, como una ostra herida, remendará su concha con una perla.
Nuestra energía surge de nuestra debilidad. La indignación, armada con fuerzas secretas, no despierta hasta que somos punzados, irritados y atacados violentamente. Un gran hombre a veces no tiene problema en mostrarse pequeño. Cuando el éxito lo abraza, se duerme en él. Cuando es presionado, atormentado, derrotado, entonces tiene la oportunidad de aprender algo; recurre a su ingenio, a su coraje, adquiere nueva experiencia, reconoce su propia ignorancia, se cura de la manía del amor propio, gana moderación y adquiere verdadera habilidad. El hombre prudente se pone del lado de los atacantes. Su interés, más que el de los demás, es encontrar su punto débil. Una vez curada su herida, la piel muerta se desprende, y cuando sus enemigos lo consideran derrotado, pasa a través de ellos invulnerable.
La recriminación es más saludable que la adulación. Por mi parte, detesto que cualquier periódico me defienda. Mientras no hablen de mí excepto en tono de censura, experimento cierta confianza en el éxito. Pero en cuanto me dedican frases melosas, me siento ya expuesto, indefenso, a los ataques de mis enemigos. Generalmente, todo mal al que no sucumbimos es un bien. Así como los habitantes de las Islas Sandwich creen que la fuerza y el valor del enemigo que matan se comunican a su ser, así también nosotros nos apropiamos de la fuerza de la tentación que resistimos.
La misma guardia armada que nos protege del desastre, los defectos y la enemistad nos defiende, si queremos, del egoísmo y el fraude. Las cerraduras y las barreras no son la mejor de nuestras instituciones, ni el engaño y la astucia en el oficio son signos de buen juicio. La estúpida superstición de que se puede engañar amarga los días de la gente cada día. Pero es imposible engañar a alguien si uno no se engaña a sí mismo, así como es imposible que algo sea y no sea al mismo tiempo. Hay una tercera persona que asiste silenciosamente en todos nuestros contratos. La naturaleza y el alma de las cosas se encargan de garantizar el cumplimiento de todas las convenciones, para que el servicio honrado no cause pérdidas. Si sirves a un amo ingrato, no dejes de hacerlo bien. Todo golpe tendrá su recompensa. Cuanto más se difiera el pago, más valioso será para ti, pues la acumulación de intereses compuestos es el ingreso ordinario de ese banquero.
La historia de las persecuciones es la historia de los intentos de reprimir la naturaleza, de hacer que el agua suba a las montañas y de tejer una cuerda con granos de arena. Es irrelevante si los actores son muchos o uno, si se trata de un tirano o de una turba. Una turba desenfrenada es una asamblea de cuerpos que voluntariamente se privan de la razón, que entran en conflicto con su trabajo. Es el hombre quien desciende por su propia voluntad al nivel de la bestia. Su hora de actividad es la noche. Sus acciones son insensatas, como toda su constitución. Persigue un principio y quisiera pisotear un derecho, y manchar la justicia derramando fuego e insultos sobre las personas y los bienes de quienes profesan el principio o tienen el derecho. Su pretensión es análoga a la locura de los niños que corren con camiones de bomberos para extinguir el rojo amanecer que ahoga las estrellas. El espíritu inviolable dirige todo el resentimiento que posee contra los malhechores. El mártir no puede ser deshonrado. Cada herida que recibe es un grito de gloria; cada prisión, una morada ilustre; cada libro o casa que se quema ilumina el mundo; cada palabra reprimida o borrada se repite de un extremo a otro de la tierra. A las multitudes como a los individuos, llegan horas de juicio en las que, prevaleciendo el sentido común, se reconoce la verdad y se reivindica a los mártires.
Así, todo aboga por la indiferencia de las circunstancias. El hombre lo es todo. Todo tiene dos caras: el bien y el mal. Toda ventaja tiene su precio. Aprendo a estar contento. Pero la doctrina de la compensación no es la doctrina de la indiferencia. Muchos necios dirán, leyendo estas reflexiones: “¿Qué sentido tiene hacer el bien? Todo equivale a lo mismo; si gano algo, debo pagarlo; si pierdo, encuentro algo diferente; todas las acciones son indiferentes en sí mismas”.
Pero hay un hecho más profundo en el alma que la compensación, y este hecho es su propia naturaleza. El alma es. Bajo este mar turbulento de circunstancias, cuya marea sube y baja en perfecto equilibrio, yace el abismo original del Ser real. La Esencia, o Dios, no es una relación ni una parte, sino el todo. El Ser es la vasta afirmación que excluye la negación, que encuentra su equilibrio en sí misma y absorbe todas las relaciones, partes y tiempos en su interior. Naturaleza, Verdad y Virtud emanan de él. El vicio es la ausencia o el defecto del Ser. La Nada, lo Falso, puede representar la gran sombra, la Noche, sobre cuyo fondo se dibuja el Universo viviente. Pero solo puede engendrar; no puede actuar, porque no existe. No puede producir ningún bien ni ningún daño. Es un mal, en el sentido de que es peor no ser que ser.
Nos indigna ver las malas acciones impunes, porque vemos al criminal sumirse cada vez más en el vicio y la contumacia, sin alcanzar una crisis ni un juicio en ninguna parte de la naturaleza visible. Su locura no se refuta entre truenos y relámpagos ante hombres y ángeles reunidos. ¿Ha quebrantado así la ley? No, en la medida en que lleva consigo la malicia y la mentira, muere para la naturaleza. Un día, una demostración del daño que se ha causado se presentará claramente a su entendimiento, y, aunque no la veamos, esa implacable deducción de la vida, esa muerte parcial, restablece el equilibrio del ajuste de cuentas eterno.
Por otro lado, no se puede decir que el beneficio de la rectitud deba compensarse con una pérdida. No hay penalización para la virtud; tampoco la hay para la sabiduría. Ambas son, propiamente hablando, adiciones al ser. Mediante una acción virtuosa, afirmo mi existencia, soy, contribuyo a la creación. Construyo en desiertos conquistados de la nada y el caos, mientras las sombras se alejan ante mi vista hasta los confines del horizonte. No puede haber exceso en el amor; no lo hay en el conocimiento ni en la belleza, cuando estos atributos se consideran en su sentido más puro. El alma se niega a ser limitada y siempre afirma el optimismo por encima del pesimismo.
Su vida es progreso, no estancamiento. Su instinto es la confianza. Al aplicar las palabras “más” y “menos” al hombre, expresamos instintivamente la presencia del alma, no su ausencia; los valientes son más mejores que los cobardes; los sinceros, los caritativos y los juiciosos son más humanos, y no menos, que los necios y los malvados. La virtud no tiene precio, porque es la emanación de Dios mismo o de la existencia absoluta, donde nada es relativo. Los bienes materiales tienen su precio, y si la casualidad me los otorga sin merecerlos, si no son fruto de mi sudor, no arraigan en mí, y el primer viento que sopla los arrastra. Pero todos los bienes que contiene la Naturaleza son bienes del alma, y es posible obtenerlos pagando por ellos con la moneda genuina de la Naturaleza, es decir, trabajando en una ocupación que el corazón y la mente permitan. Ya no deseo encontrar un bien que no he merecido; por ejemplo, encontrar una onza de oro enterrado, porque sé que traerá consigo nuevas cargas. No quiero una sobreabundancia de bienes externos, propiedades, estatus, poder y representación. El beneficio es evidente; la carga, cierta. Pero la convicción de que existe una compensación y de que no es deseable exhumar tesoros está exenta de impuestos. Todo esto me alegra y me da una paz tan serena que, con ella, percibo algo de lo eterno. Reduzco los límites del mal posible. Aprendo la sabiduría de San Bernardo: «Nada puede dañarme excepto yo mismo; llevo dentro el error, creado por mí, y nunca sufro verdaderamente, salvo por mis propias faltas».
La compensación por la desigualdad de condiciones reside en la naturaleza del alma. La tragedia radical de la naturaleza parece consistir en la distinción entre el Más y el Menos. ¿Cómo puede el Menos no sentir pena? ¿Cómo puede no experimentar indignación o mala voluntad hacia el Más? Al mirar a los menos dotados, uno se siente molesto y no sabe cómo proceder. Uno evita mirarlos, temeroso de reprochar a Dios su propia inutilidad. ¿Qué podrían hacer? Esto parece una tremenda injusticia. Pero al observar los hechos con más atención, estas enormes desigualdades se desvanecen. El amor las reduce a la nada, como el sol derrite los icebergs en el mar. Siendo el corazón y el alma de todos los hombres uno solo, la amargura de lo suyo y lo mío desaparece. Lo suyo es mío. Soy mi hermano, y él es yo. Si siento que mis poderosos vecinos me eclipsan y me menosprecian, aún puedo amar, aún puedo seguir recibiendo, y quien ama se apropia de la grandeza amada. Así descubro que mi hermano custodia lo que poseo y que está animado por intenciones amorosas hacia mí, y que la fortuna que tanto admiraba y envidiaba me pertenece. Está en la naturaleza del alma apropiarse de todo. Jesús y Shakespeare son fragmentos del alma, y a través del amor los incorporo y me los apropio; pasan a formar parte del dominio de mi propia conciencia. ¿Acaso su virtud no es mía? Su espíritu, si no puedo hacerlo mío, no es espíritu.
Ni tampoco lo es la historia natural de todas las calamidades. Los cambios que, a breves intervalos, perturban la prosperidad de los hombres son advertencias de la Naturaleza, cuya ley es el crecimiento. Debido a esta necesidad intrínseca, todas las almas abandonan todo su sistema de cosas, sus amigos, su hogar, sus leyes, su fe, como un molusco que sale de su concha —hermosa pero restringida, porque le impide crecer y desarrollarse— y construye lentamente otra morada. La frecuencia de estas revoluciones aumenta proporcionalmente al vigor de los individuos; en un ser mejor dotado que otros, estas revoluciones son incesantes, de modo que todas las relaciones humanas flotan con gran ligereza a su alrededor, formando una especie de membrana transparente y fluida a través de la cual se percibe la forma viva, y no, como en la mayoría de los hombres, una construcción endurecida y heterogénea de diferentes épocas, sin un carácter propio definido, en la que están prisioneras. En ese caso, puede haber expansión, y el hombre de hoy apenas se reconoce en el hombre de ayer. Y así debería ser la biografía externa del hombre a lo largo del tiempo: el despojo diario de las circunstancias muertas, similar al despojo diario de sus ropas. Pero para nosotros, que somos de rango inferior, para nosotros que no avanzamos sino que resistimos, que no cooperamos con la expansión divina, este crecimiento se efectúa solo mediante colisiones.
No podemos separarnos de nuestros amigos. No queremos dejar que nuestros ángeles se eleven. No entendemos que, si se van, es solo para dar paso a los arcángeles. Somos idólatras del pasado. No creemos en las riquezas del alma, en la eternidad que le es propia ni en su presencia universal. No comprendemos que existe un poder en el presente que rivaliza con el maravilloso ayer y es capaz de recrearlo. Nos detenemos en las ruinas de la vieja tienda, donde recibimos refugio, alimento y fuerza, y no creemos que el espíritu aún pueda nutrirnos, protegernos y fortalecernos de nuevo. No encontramos nada tan amable, tan dulce, que inspire tanto afecto. Pero en vano nos sentamos y lloramos. La voz del Todopoderoso nos clama: “¡Adelante, siempre adelante!”. No podemos permanecer entre las ruinas; si no queremos apoyarnos en lo nuevo, caminaremos con la mirada perdida, como esos monstruos que miran hacia atrás.
Y, sin embargo, la compensación por las calamidades también es visible para el intelecto después de largos intervalos de tiempo. Una fiebre, una mutilación, una cruel decepción, un revés de fortuna, la pérdida de un amigo: todas estas parecen, al principio, desgracias irreparables y sin compensación. Pero los años revelan el profundo poder restaurador que se esconde tras todos los acontecimientos. La muerte de un querido amigo, una esposa, un hermano, un amante, que al principio parece solo una privación, luego se convierte en una guía, un genio. Tales acontecimientos suelen determinar una revolución en nuestras vidas: cierran el período de la infancia o la juventud, que esperaba su fin; rompen la monotonía de una ocupación habitual; destruyen un hogar; ponen fin a un estilo de vida y permiten la formación de otros hábitos más favorables para el desarrollo del carácter. Todo esto permite o prepara la formación de nuevas relaciones, la recepción de nuevas influencias que tendrán capital importancia para el futuro. Y la mujer o el hombre que no habría sido más que una flor de jardín, sin espacio suficiente para extender sus raíces y con sus hojas expuestas a los rayos de un sol demasiado caliente, se transforma —por la caída de los muros y la negligencia del jardinero— en el banano de la selva, que da fruto y sombra a toda una población humana.
— Ralph Waldo Emerson — publicado en Ensayos, 1841.