Anexo — El observador

Hay en cada uno de nosotros una mirada compasiva, que no se deja arrastrar por las emociones. No juzga, no teme, no huye. Es la mirada que ve sin querer cambiar lo que ve. Cuando logramos acceder a ese espacio interior —breve, luminoso, silencioso— se produce algo parecido a la libertad.

Aprendí un ejercicio que me ha resultado muy útil para la comprensión de mí mismo, de mi pasado y de mi presente. Me ha ofrecido un mecanismo para aprender a aceptarme con humildad creciente, a mi yo que ya fue y a mi yo que es. Es útil para obtener una perspectiva privilegiada respecto de la verdadera importancia de mis acciones y de las circunstancias que las rodearon y las rodean hoy.

¿Qué clase de ejercicio es este que produce resultados tan reveladores?

Es sencillísimo y súper breve.

Tenés que relajarte primero. Eso lo vimos en un anexo anterior. En ese estado de relajación imaginá que estás charlando con vos mismo, dos personas en realidad, en donde tu rol principal es el del observador externo que mira a tu yo como si mirara a otra persona y desde esa posición dialoga con tu yo.

En este rol de observador sos vos quien dirige la charla con tu yo. Vos observador hacés las preguntas, dirigís el diálogo. Y respondés también a las preguntas que te hace tu yo.

Esta práctica tiene un algo de despersonalización que es necesaria. Pero es breve y liviana y no debe preocuparte. Es novedosa, sí, mucho. Y es atractiva y te explico por qué:

Notarás que vos observador sos mucho más indulgente con tu yo observado de lo que nunca has sido con vos mismo en realidad anteriormente. Sos más bondadoso, sos paciente. Esperás, entendés y comprendés. Sos compasivo, afectuoso y contenedor.

Y das buenos consejos. Esto parece magia, lo sé, pero es real, sucede tal cual te lo digo.

A mí me ha servido mucho para madurar, para entenderme y para aceptarme. Probalo: los resultados son transformadores.

Con el tiempo, descubrirás algo aún más profundo: que ese observador no sos “vos” en el sentido habitual. Es una presencia más amplia, una conciencia que te incluye, pero que no se confunde con tus pensamientos ni con tus emociones. Es como si el universo, por un instante, se mirara a sí mismo a través de tus ojos.

Cuando logres permanecer unos segundos en esa percepción, algo se ordena. Los juicios se disuelven, los reproches se apagan y hasta la memoria del dolor cambia de textura. El pasado deja de ser una carga para convertirse en una enseñanza que se contempla con gratitud. Este ejercicio es una nueva forma de verte. Aprendés, poco a poco, a conocerte, a escucharte y a quererte como sos.

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